
Formalmente, la misa se divide en cinco momentos: 1) los ritos iniciales, que tienen carácter de exordio, introducción, preparación; 2) la liturgia de la palabra, que se realiza en el ambón, fuera del altar; 3) la liturgia eucarística, que se realiza en el altar y representa el sacrificio, 4) el banquete o rito de comunión; y 5) el rito de conclusión. La música se utiliza en todas y cada una de estas secciones. No obstante, hay que aclarar que previo al CEVII, lo usual era entonar íntegramente la misa, bien fuera en canto llano o polifonía, bien con salmodia y/o cantilena. Cantar todo tenía pleno sentido en un periodo histórico donde los celebrantes debían impostar su voz para hacerse oír en todo el recinto del templo, y no existía el artilugio del micrófono. Hoy en día, lo usual es recitar la mayor parte de los textos, mientras que el canto se usa sólo en partes muy específicas del rito, con un sentido orante, evangelizador, adorador, glorificador y expresivo más que semántico[1]. Veamos cómo se articula la música con el rito según el actual Misal Romano.
Los ritos iniciales se componen de la entrada, el saludo, el acto penitencial, el Señor, ten piedad, el Gloria y la oración colecta. Estos ritos predisponen a los fieles a que se constituyan en comunidad, y se dispongan a escuchar la palabra de Dios, según el tiempo litúrgico o de la festividad.
Procesión de entrada: La procesión de entrada la realiza no sólo el sacerdote, sino toda la comunidad hacia el altar. Por eso este canto debe ser en plural, simbolizando el camino que como comunidad se hace para llegar a Dios[2]. Para ello, se pueden emplear antífonas con el salmo u otro canto que convenga con la acción sagrada, del día o del tiempo litúrgico. El sacerdote, una vez de pie en la sede, luego de venerar el altar y besarlo, y en algunas ocasiones incensar la cruz y el altar, se santigua con la señal de la cruz: “En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, y saluda a la Iglesia congregada.
Penitencial y Señor, Ten piedad: Después de un breve silencio, la comunidad realiza una fórmula de confesión general –acto penitencial, que puede ser el “acto de contrición” o algunas preces– y finaliza con la absolución del sacerdote. De seguido se realiza el canto Señor, ten piedad, en el cual los fieles claman al Señor e imploran su misericordia. Originalmente, cada aclamación se hacía tres veces, aunque en la actualidad, “cada aclamación de ordinario se repite dos veces, pero no se excluyen más veces, teniendo en cuenta la índole de las diversas lenguas y también el arte musical o las circunstancias. Cuando el Señor, ten piedad se canta como parte del acto penitencial, se le antepone un ‘tropo’ a cada una de las aclamaciones”[3]. La forma ideal actual de este canto es AA-BB-AA o A’A’, donde las A o A’ corresponde a la letra “Señor, ten piedad” y las B a “Cristo, ten piedad”.
Gloria: es un antiquísimo himno de alabanza y veneración. El texto de este himno no puede cambiarse por otro. La entonación la da siempre el sacerdote o el cantor, y lo ideal es que se lo rece o se lo cante en comunidad. Se dice todos los domingos, en solemnidades, fiestas y algunas celebraciones solemnes, excepto tiempo de Adviento (tiempo de espera) y Cuaresma (tiempo de penitencia). Los ritos iniciales terminan con una oración colecta: “Por una antigua tradición de la Iglesia, la oración colecta ordinariamente se dirige a Dios Padre, por Cristo en el Espíritu Santo y termina con la conclusión trinitaria”[4].
La Liturgia de la palabra está constituida por las lecturas tomadas de la Sagrada Escritura; la homilía o sermón, la profesión de fe (Credo) y la oración universal u oración de fieles.
Lecturas bíblicas: permiten a los fieles prepararse para la palabra de Dios. Antiguamente se entonaban en cantilena. Se divide en primera lectura, salmo responsorial, segunda lectura y Evangelio. La primera lectura se toma normalmente del Antiguo testamento. El salmo responsorial debe corresponderse con la lectura. Conviene que se proclame con canto: “Si el salmo no puede cantarse, se proclama de la manera más apta para facilitar la meditación de la Palabra de Dios”[5]. La segunda lectura se realiza los domingos, en solemnidades y en las fiestas. Sus textos son tomados de las cartas de San Pablo, Santiago, San Pedro y San Juan, de los Hechos de los apóstoles o del Apocalipsis. La aclamación antes del evangelio –llamada “interleccional”–es un Aleluya u otro canto que guía a la comunidad a escuchar atentamente la palabra del Señor. El Aleluya se entona en todo tiempo, excepto durante la Cuaresma, e incluye, o bien el salmo aleluyático, o el salmo y el Aleluya con su versículo. “En tiempo de Cuaresma se suprime el Aleluya, y se realiza el versículo antes del Evangelio que aparece en el leccionario, antífona. También puede cantarse otro salmo o un tracto (actualmente no utilizado), según se encuentra en el Gradual. El Aleluya o el versículo antes del Evangelio, si no se canta, puede omitirse”[6].
El Evangelio se lee con la comunidad de pie, se citan y se escuchan las palabras de Jesús narradas por sus 4 evangelistas Mateo, Lucas, Marcos y Juan. Antiguamente se entonaba en cantilena.
La homilía: “Conviene que sea una explicación o de algún aspecto de las lecturas de la Sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario, o del Propio de la Misa del día, teniendo en cuenta, sea el misterio que se celebra, sean las necesidades particulares de los oyentes”[7].
La profesión de Credo, es una fórmula muy antigua, instituida en el Primer Concilio Ecuménico de Nicea en el siglo IV. Se le conoce también según sus variantes como Símbolo de los apóstoles (Iglesia Romana) o Símbolo Niceno-constantinopolitano (Iglesia Ortodoxa). Se debe cantar o decir los domingos y en las solemnidades, también en algunas ceremonias especiales.
Oración universal u Oración de los fieles es donde la comunidad “responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe”[8]. En ella se pide por la Iglesia, por los gobernantes del mundo, los que sufren y la comunidad local. Algunas excepciones se encuentran en celebraciones como la confirmación, el matrimonio o exequias. En algunos casos las respuestas a estas preces son cantadas.
La liturgia eucarística es la preparación para la celebración del sacrificio y el banquete pascual. Se preparan los dones que se llevan al altar - pan y vino -, se da gracias por toda la obra salvífica y las ofrendas, y finalmente, se hace la fracción y repartición del pan, y la comunión a los fieles, para así conmemorar lo que Cristo realizó en la última cena con sus Apóstoles según su mandato.
En la preparación de los dones, éstos se llevan al altar, donde se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El altar se prepara colocando el corporal, el purificador, el cáliz y el misal. Acto seguido se traen las ofrendas –la hostia y el vino– que son presentados por los fieles. También se puede recibir dinero u otras donaciones para los pobres o la iglesia. Se puede acompañar esta procesión con un canto de ofertorio,[9] en función de ritual o de alabanza, que se prolonga hasta que los dones llegan al altar, o en su defecto, cuando el sacerdote purifica sus manos. En algunos casos se puede incensar los dones que están en el altar, la cruz, los ministros y la comunidad, como oblación y “su oración sube como el incienso hasta la presencia de Dios”.[10] El canto debe asociarse al rito que se está viviendo: la ofrenda de pan y vino, o también la vida de las personas que celebran la ceremonia. Se finaliza con la oración sobre las ofrendas.
La plegaria eucarística es el centro de toda la eucaristía y la cumbre de la celebración.
La acción de gracias es donde se expresa el prefacio, en el que se glorifica a Dios Padre y se agradece por su obra de salvación, o por algún aspecto en particular de ella, según la celebración del día, festividad o tiempo litúrgico.
En la aclamación, toda la asamblea se une a los coros celestiales, y se entona el Santo y el Bendito el que viene en nombre del señor, junto al Hossana, que usualmente son cantados Este texto tomado de la biblia, no debe ser modificado.
En la epíclesis se implora al Espíritu Santo para que los dones ofrecidos se conviertan en el cuerpo y sangre, y la víctima inmaculada sea recibida para la salvación de quienes participan de la cena del Señor.
En la narración de la institución y consagración se recitan nuevamente las palabras que Cristo instituyó en la última cena, ofreciendo su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y luego se lo da a sus apóstoles.
La anámnesis: es el memorial del mismo Cristo, en algunas ocasiones se puede cantar si el sacerdote así lo dispone.
La oblación es el ofrecimiento de la víctima inmolada, el cuerpo y la sangre de Cristo, pero también se espera que los fieles se ofrezcan a sí mismos.
En las intercesiones “se expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, tanto con la del cielo, como con la de la tierra; y que la oblación se ofrece por ella misma y por todos sus miembros, vivos y difuntos, llamados a participar de la redención y de la salvación adquiridas por el Cuerpo y la Sangre de Cristo”[11].
En la doxología final se hace la confirmación y conclusión de la glorificación de Dios, y se aclama Amén.
El rito de comunión consiste propiamente en el banquete pascual, donde la comunidad recibe el cuerpo y la sangre de Cristo.
En la oración del Señor se reza –o en algunos casos se canta–el Padre nuestro.
En el rito de la paz se implora por la paz para toda la humanidad, y los fieles expresan la comunión eclesial y la mutua caridad. Según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos, el signo de la paz varía.
En la fracción del pan, luego de una reverencia, el sacerdote fracciona el pan y deja una parte de la hostia en el cáliz, unidad del cuerpo y la sangre. Este momento se acompaña con la súplica del Cordero de Dios, canto que debe hacerse en comunidad o –en su defecto– decirse en voz alta. La invocación puede realizarse cuantas veces sea necesaria hasta que se concluya el rito. La última vez se concluye con las palabras “danos la paz”.
En la comunión, el sacerdote presenta el pan eucarístico sobre la patena o el cáliz, invita a los fieles al banquete de Cristo y se espera que todos reciban el cuerpo del Cristo de las hostias consagradas. Cuando la comunidad empieza a recibir el cuerpo de Cristo, se inicia un nuevo canto, que debe expresar la unión espiritual de quienes comulgan: “mostrar el gozo de corazón y manifestar la comunión de la procesión para recibir la Eucaristía. Se prolonga mientras se reparte el Sacramento a los fieles”[12].
Luego de la comunión se puede cantar un himno, si no hay canto para este momento, se puede leer la antífona propuesta en el misal, antes de distribuir la Comunión a los fieles.
El rito de conclusión es el final de la misa, que se compone de algunos avisos breves –si son pertinentes y necesarios–; la bendición del sacerdote, que en algunas ocasiones es enriquecida con fórmulas más solemnes; la despedida del pueblo; y finalmente, el beso al altar por parte de los ministros ministeriales. El Misal Romano no exige ningún canto para este momento, aunque se puede realizar un canto a la Virgen María o de acción de gracias por la eucaristía que ha finalizado.
Se considera a la figura del cantor o salmista dentro de los ministerios peculiares de la Iglesia. Por tanto, al cantor se le denomina ministro del canto o ministerio de música. Para que el salmista realice bien su ministerio, debe poseer el arte de salmodiar, tener buena dicción y clara pronunciación. Los cantores deben conocer la ceremonia eucarística, cuidar de la ejecución de cada parte de la misma, velar por la idoneidad de los géneros empleados en los cantos, y fomentar la participación de toda la comunidad presente en la misa. Se debe tener un director que guíe y sostenga el canto de la comunidad.
Debe existir dentro de la iglesia un lugar especial para el ministro o ministerios de música, que permita su participación sacramental en la misa sin perturbarla. El lugar donde se congrega el conjunto de cantantes que participan en el ministerio de música se conoce como el coro. El órgano y otros instrumentos musicales deben colocarse en este lugar y permitir que todo el pueblo pueda escucharlos fácilmente. Al respecto del uso del órgano, el Ritual Romano indica que: “es conveniente que el órgano se bendiga según el rito descrito en el Ritual Romano, antes de destinarlo al uso litúrgico”.[13] Además, prescribe que
Durante el tiempo de Adviento empléense con tal moderación el órgano y los demás instrumentos musicales, que sirvan a la índole propia de este tiempo, teniendo en cuenta de evitar cualquier anticipación de la plena alegría del Nacimiento del Señor.
El sonido del órgano y de los demás instrumentos durante el tiempo de Cuaresma se permite sólo para sostener el canto. Se exceptúan el domingo Laetare (IV de Cuaresma), las solemnidades y las fiestas[14].
Como podemos observar, existe toda una reglamentación específica, muy detallada, de cómo, dónde, porqué, cuándo y quién hace la música en la liturgia. El espíritu y la letra de esta reglamentación nos permite comparar sus prescripciones con las prácticas musicales efectivas que se realizan hoy en el arzobispado de Medellín, y que examinaremos a continuación.
[1] Cfr. http://www.musicaliturgica.com/assets/plugindata/poolc/Musicam%20Sacram1967.pdf
[2] Cfr. Cantoral Litúrgico de la Arquidiócesis de Medellín
[3] Ordenación General del Misal RomanoN° 52
[4] Cf. Ordenación General del Misal Romano N° 54
[5] Cf. Ibid.N° 61
[6] Ordenación General del Misal Romano N° 62 y 63
[7] Ordenación General del Misal Romano N° 65
[8] Cf. Ordenación General del Misal Romano N° 69
[9] Cf. Ordenación General del Misal Romano N° 37, b)
[10] Cf. Ordenación General del Misal Romano N° 75
[11] Ordenación General del Misal Romano N° 79, g)
[12] Ordenación General del Misal Romano N° 86
[13]Cf. Ritual Romano, Bendicional, edición típica, 1984, Bendición de un órgano, núms. 1052-1067 (Bendicional en castellano, N° 1166-1179).
[14] Cf. Ordenación General del Misal Romano N° 313

